Ver a la perfecta Elena Aranda gritar y perder los estribos es lo que vivo esperando. Su máscara de niña buena se cae a pedazos cada vez que Lucía gana. En Insúltame, que así me hago la Primera, la frustración de la antagonista es tan deliciosa como el éxito de la protagonista. Ese final donde grita de rabia fue perfecto.
El delegado de la clase A parecía intocable, pero un beso de Lucía fue suficiente. Me gusta que la serie no haga esperar demasiado el romance. En Insúltame, que así me hago la Primera, la química entre ellos es instantánea y poderosa. Verlo sonrojado después del beso fue un detalle muy tierno en medio de tanto drama.
Cada vez que aparece la versión chibi de Lucía celebrando, mi día mejora. Es un contraste genial con la animación seria del resto. En Insúltame, que así me hago la Primera, esos momentos de alivio cómico son necesarios. Verla mordiendo una moneda gigante mientras llueve oro es una imagen que no olvidaré jamás.
Sinceramente, quiero que todos en la academia odien a Lucía para que se haga millonaria más rápido. La dinámica es tan fresca que no puedo parar de ver. En Insúltame, que así me hago la Primera, el concepto de monetizar la adversidad es muy inteligente. Espero que sigan llegando esos millones por cada insulto.
Pobre Elena, cree que está humillando a Lucía, pero en realidad está financiando su imperio. La escena del abrazo falso donde el sistema marca un aumento masivo de puntos de maldad es hilarante. En Insúltame, que así me hago la Primera, la hipocresía de la hermana adoptiva es el motor económico de la protagonista. ¡Sigue así, Elena!