La tensión en este episodio de Mi papá es un jefe mafioso es insoportable. Ver a la chica con la sudadera gris siendo intimidada por esas dos chicas con trenzas de colores me rompió el corazón. Su mirada de miedo y desesperación mientras le agarran la barbilla transmite una impotencia real. El contraste con la escena del puesto de barbacoa, donde el ambiente es más relajado, hace que el regreso al conflicto sea aún más duro. Cuando ella abre esa caja naranja y el hombre la detiene, el suspense sube al máximo. Es una montaña rusa de emociones que no te deja respirar.