Ver cómo el vendedor de brochetas defiende su pequeño mundo con tanta ternura me hizo sonreír. La escena donde su esposa e hija lo abrazan es pura magia, recordando que la verdadera riqueza no está en los trajes caros, sino en el amor familiar. En Mi papá es un jefe mafioso, estos momentos cotidianos brillan más que cualquier drama de poder. ¡Qué final tan reconfortante!