La tensión en la sala de visitas es insoportable. Ver cómo él intenta sonreír mientras ella contiene las lágrimas rompe el corazón. La escena donde él pone la mano en el vidrio y ella la imita es pura poesía visual. En ¡Querido, yo también te engañé! cada mirada dice más que mil palabras. El contraste entre su uniforme y su elegancia pasada duele. Un final abierto que deja el alma en vilo.