La policía llega con una orden fría, pero la verdadera acusación viene de los vecinos. Mateo no tiene licencia, sí, pero ¿acaso eso borra los milagros que hizo? La escena donde la mujer dice que cobraba demasiado mientras él está esposado muestra la hipocresía del pueblo. ¡Vuelve el Doctor Proscrito! no teme mostrar cómo la gratitud se convierte en traición cuando hay dinero de por medio.
Cuando Mateo dice '¡pero te salvé la vida!' y nadie lo escucha, duele en el alma. Su desesperación no es por la cárcel, sino por ser traicionado por quienes curó. La hija, aunque cumple su deber, parece dudar en silencio. En ¡Vuelve el Doctor Proscrito! cada mirada cuenta, y la de Mateo al final, mientras lo llevan, es de un dolor que no necesita palabras.
Los aldeanos no solo lo denuncian, lo celebran. Ríen, lo señalan, incluso le dicen que aprenda a ser gente. ¡Qué crueldad! Mateo, el sanador sin título, es tratado como un estafador. Pero su última advertencia —'sin mí, solo les queda morir'— resuena como una maldición profética. ¡Vuelve el Doctor Proscrito! nos hace preguntarnos: ¿quién es realmente el criminal aquí?
Ella es policía, sí, pero también es su hija. Verla esposarlo sin mirar a los ojos, con la voz firme pero el rostro tenso, dice todo. No disfruta esto, pero cumple su deber. En ¡Vuelve el Doctor Proscrito! ese conflicto interno se siente en cada toma. ¿Proteger la ley o proteger a su padre? Una decisión que la marcará para siempre, y que nosotros, espectadores, no podemos juzgar fácilmente.
Mateo no cobra por vanidad, cobra por supervivencia. Pero los aldeanos lo ven como un ladrón. La escena donde le gritan que perdone las deudas mientras él está esposado es de una injusticia que quema. En ¡Vuelve el Doctor Proscrito! se plantea una pregunta incómoda: ¿debe un salvador ser pobre para ser aceptado? La respuesta, al parecer, es sí… hasta que lo necesitan de nuevo.