Ver a la protagonista cocinar con esa sonrisa mientras sus amigos llegan con vino y regalos me hizo sentir que todo iba bien... hasta que recordé Mi corazón cae en tu trampa. La tensión en la mesa, las miradas furtivas, el silencio incómodo entre bocado y bocado... ¡qué maestría! No hace falta gritar para transmitir dolor. El detalle de ella sirviendo la comida con cuidado, como si aún creyera en la normalidad, es desgarrador. Y ese hombre comiendo sin inmutarse... ¿cómo puede ser tan frío? La escena final en el auto, con él al teléfono y la luz azul iluminando su rostro, deja claro que algo se rompió para siempre. Una obra que duele pero atrapa.