La tensión en El visitante invisible es insoportable. Hugo Ríos, con esa mirada de loco, pasa de amenazar con un hacha a besar un zapato y luego a comer ensalada como si nada. La mujer, ciega pero letal, mantiene la calma mientras él se desmorona. Escenas como la del baño o la escalera muestran una psicología retorcida. No sabes si reír o temblar. Una montaña rusa emocional que te deja pegado a la pantalla.