Ver a la protagonista caminar con ese certificado de defunción en la mano me puso la piel de gallina. La tensión en el pasillo del hospital es insoportable, y cuando entra en la habitación, el aire se corta. La escena donde tira la comida al suelo es el clímax perfecto de dolor y rabia. En Llevo tu luz, mi hija, cada mirada dice más que mil palabras. La actuación de la mujer de negro es desgarradora, transmitiendo una tristeza que cala hondo. Es imposible no sentir empatía por su pérdida mientras observa esa escena familiar que ya no le pertenece. Una joya dramática que duele ver pero que no puedes dejar de mirar.