Verlo recoger el arroz del suelo con esas manos temblorosas me partió el alma. No es solo hambre, es la desesperación de quien ha perdido todo menos un peluche. La escena donde alimenta al oso mientras la gente pasa indiferente es brutal. En Llevo tu luz, mi hija, este nivel de dolor no se actúa, se vive. El abrazo final al oso, manchado de comida y lágrimas, es el grito silencioso más fuerte que he visto.