Sometido a ti
Para cumplir la última voluntad de su mejor amiga, Luna acogió a Javier como su tutora. Lo entrenó y moldeó, convirtiéndolo en su arma más afilada para lidiar con las rivalidades familiares. Bajo su estricta guía, él no solo aprendió, sino que desarrolló un sentimiento prohibido hacia ella. Sabiendo que Luna ya estaba comprometida, se acercó a ella, desafiando todos los límites.
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El peso de la corbata y el brillo de una mirada
En *Sometido a ti*, cada gesto es un susurro cargado de historia no dicha. El joven, vestido con traje negro y su broche de ancla como única concesión al simbolismo, no discute: se somete, pero con una dignidad que hiere más que cualquier grito. Su padre, con traje azul a rayas finas y pañuelo rojo, no lo regaña —lo desarma con una mirada que mezcla decepción y miedo. La mujer, con su corona dorada y los brazos cruzados, observa desde la mesa llena de platos fríos: no come, solo espera. Y cuando él sale, tambaleante por el pasillo iluminado como un escenario de tragedia griega, ella lo alcanza no para consolarlo, sino para reajustarle la corbata —un acto íntimo que parece una rendición mutua. Sus dedos en su cuello no son cariño, sino control disfrazado de cuidado. En este mundo de luces tenues y pisos de mármol, nadie grita, pero todos sangran en silencio. La verdadera opresión no está en los puños cerrados, sino en las manos que acarician mientras atan.