Sometido a ti
Para cumplir la última voluntad de su mejor amiga, Luna acogió a Javier como su tutora. Lo entrenó y moldeó, convirtiéndolo en su arma más afilada para lidiar con las rivalidades familiares. Bajo su estricta guía, él no solo aprendió, sino que desarrolló un sentimiento prohibido hacia ella. Sabiendo que Luna ya estaba comprometida, se acercó a ella, desafiando todos los límites.
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El silencio entre dos teléfonos y una habitación lujosa
En Sometido a ti, cada gesto cuenta más que mil palabras: el hombre, con camisa negra y corbata gris, se aferra al móvil como si fuera un testigo incómodo; sus ojos bajan, su boca se tensa, y cuando levanta la mirada, no es para hablar, sino para medir. La mujer, con su chaqueta de terciopelo negro y pendientes dorados que brillan como advertencias, no toca el teléfono hasta que él ya ha dicho todo sin abrir la boca. Ella lo observa, lo estudia, y solo entonces se levanta —lenta, deliberada— como si el acto de marcar un número fuera una declaración de guerra. La habitación, con su candelabro de cristal y tapicería barroca, no es fondo: es cómplice. El maletín abierto en el suelo, con objetos indescifrables, sugiere que algo fue entregado… o robado. Y ese instante en que ella lleva el teléfono a la oreja, con la mirada fija en el vacío, no es una llamada cualquiera: es el punto donde el control se desliza, y nadie sabe quién lo tiene ahora.