Una escena cotidiana de cena se transforma en tensión pura cuando la televisión muestra estática y un joven herido irrumpe en la escena. La expresión de la mujer pasa de la confusión al terror, mientras el hombre intenta mantener la calma. En Soy el señor del apocalipsis, cada segundo cuenta y los silencios gritan más que los diálogos. La atmósfera opresiva y las miradas cargadas de secretos hacen que esta secuencia sea inolvidable.