La tensión en El casero del apocalipsis es insoportable. Ver al gigante pasar de la arrogancia absoluta a un llanto desgarrador mientras muestra sus heridas es un golpe emocional brutal. La multitud, paralizada por el miedo, refleja perfectamente nuestra propia impotencia ante la tiranía. Esos niños tapándose la boca me partieron el alma. Una escena maestra que demuestra que incluso los más fuertes tienen un punto de quiebre.