Ver a ese niño llorar mientras come carne asada me rompió el corazón. En El casero del apocalipsis, la comida no es solo sustento, es esperanza pura. La escena del chef preparando ravioles flotando en el cielo fue poesía visual. Y ese joven de cabello blanco con el megáfono... ¿líder o mensajero? No importa, porque aquí hasta un plato de fideos puede cambiar el destino de alguien. ¡Qué forma tan humana de contar el fin del mundo!