La escena en el garaje entre Liana y su prometido es pura dinamita emocional. Él defiende su decisión de casarse con ella, pero ella, harta de la interferencia familiar, propone firmar el divorcio al instante. La mirada de él al final, con esa mezcla de dolor y rabia contenida, te deja sin aliento. En El millonario fugitivo se convierte en mi esposo, cada gesto cuenta una historia de amor roto y orgullo herido. La actuación es tan cruda que sientes que estás ahí, atrapado en ese conflicto.