Ver a Valeria ocultando sus heridas para no preocupar a su abuela me rompió el corazón. En Siempre fui la abandonada, la escena donde le da la tarjeta con cinco millones es desgarradora. Ella miente diciendo que encontró a su madre rica, pero sabemos que ese dinero viene de un lugar oscuro. La actuación transmite una desesperación silenciosa que duele más que los gritos.
Inés es la villana perfecta que odias amar. Su sonrisa mientras le cuenta a Valeria cómo organizó la paliza es escalofriante. Decir que lo único que importa es que la crean a ella muestra su manipulación. En Siempre fui la abandonada, el contraste entre la elegancia de Inés y su maldad interna está muy bien logrado. Da miedo pensar hasta dónde llegará.
La abuela cree que Valeria está bien porque encontró a su familia, pero la realidad es que está atrapada. Valeria dice que su madre es rica y por eso no la deja salir, una excusa triste para cubrir el abuso. En Siempre fui la abandonada, esa escena en el hospital donde se abrazan llorando es el punto más alto de emoción. El amor familiar es lo único real aquí.
Cuando Valeria saca el grabador después de que Inés se va, el ambiente cambia totalmente. Ya no es la víctima sumisa, ahora tiene un plan. Decirle a Inés que también tiene un gran regalo preparado da escalofríos. En Siempre fui la abandonada, este momento marca el inicio de la venganza. Por fin deja de ser pasiva y toma el control de su destino.
Es increíble cómo Víctor y la madre caminan tan tranquilos después de todo el daño causado. Él dice que Valeria se volvió dócil después de la lección, lo cual es aterrador. En Siempre fui la abandonada, ver a la familia biológica tan indiferente al sufrimiento de Valeria genera mucha rabia. Son el ejemplo perfecto de la hipocresía de la alta sociedad.