Ver a Valeria en esa cama, con sangre en los labios y el alma rota, mientras su propia familia la acusa, es desgarrador. En Siempre fui la abandonada, nadie parece importarle su vida, solo el dinero y el poder. La enfermera intenta ayudarla, pero hasta ella parece atrapada en este juego sucio. ¿Quién realmente la traicionó?
Valeria no es una víctima, es una estratega. Mientras todos creen que está al borde de la muerte, ella ya tiene todo calculado: el medicamento caro, la reventa, el corazón de su madre y hermano... ¡hasta el testimonio falso! En Siempre fui la abandonada, nadie juega limpio, pero ella lleva la ventaja.
Inés repite 'yo no lo hice' como un mantra, pero sus ojos dicen otra cosa. ¿Realmente fue ella quien administró el medicamento? O ¿es solo otra pieza en el tablero de Valeria? En Siempre fui la abandonada, la verdad es lo último que importa. Todos tienen algo que ocultar.
Valeria en esa silla de ruedas parece más poderosa que nunca. No necesita caminar para dominar la habitación. Su sonrisa, su mirada, su voz... todo está diseñado para manipular. En Siempre fui la abandonada, la discapacidad es solo otra arma. Y ella la usa con maestría.
Él entra con autoridad, señala con el dedo, exige respuestas... pero ¿realmente busca la verdad o solo quiere proteger sus intereses? En Siempre fui la abandonada, incluso los que parecen justos tienen las manos sucias. Su traje brillante no oculta su complicidad.