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Siempre fui la abandonada Episodio 61

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Siempre fui la abandonada

Valeria Osorio necesitaba dinero para la cirugía de su abuela adoptiva y donó un riñón a una millonaria, la hija adoptiva de su madre biológica. La mujer y su hijo la rechazaron para proteger a la hija que criaron. Tiempo después, Luna Ruiz le dio el amor que necesitaba, y Valeria se convirtió en científica exitosa. Cuando su familia biológica buscó su perdón, ¿ella los perdonaría o elegiría otra opción?
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Crítica de este episodio

La venganza de Víctor es brutal

La tensión en esta escena de Siempre fui la abandonada es insoportable. Ver a Inés pasar de la arrogancia a la desesperación de rodillas en el suelo es un giro satisfactorio. La actuación del actor que interpreta a Víctor transmite una rabia contenida que da miedo. El momento en que la madre la abofetea y la reniega es el clímax perfecto de justicia poética. ¡Qué bien actuado!

Inés no tiene perdón

Es increíble la hipocresía de Inés en Siempre fui la abandonada. Primero se ríe de su crimen y luego llora pidiendo otra oportunidad cuando ve que va en serio. La escena donde confiesa que ayudó a salir a los padres biológicos es impactante. Merece todo lo que le está pasando. La frialdad de la madre al final al decir que ya no es su hija me dejó helada.

El dolor de una madre

La expresión de la madre en Siempre fui la abandonada cuando Inés menciona a Valeria es desgarradora. Se nota que el dolor de perder a su hija real la ha consumido. El golpe que le da a Inés no es solo castigo, es la liberación de años de sufrimiento. La forma en que la mira con asco después de la bofetada dice más que mil palabras. Una actuación magistral.

Víctor protege a su familia

Me encanta cómo Víctor en Siempre fui la abandonada no duda ni un segundo en proteger a su madre y vengar a su hermana. Su orden de llevarse a Inés a la cárcel muestra que no hay lugar para la misericordia con alguien tan manipuladora. La química entre los hermanos adoptivos es fuerte. Es satisfactorio ver cómo el malo recibe su castigo sin piedad.

De reina a mendiga

El cambio de actitud de Inés en Siempre fui la abandonada es fascinante de ver. Pasa de sonreír con malicia a suplicar de rodillas en segundos. Esos vestidos elegantes y el peinado perfecto contrastan con su posición humillante en el suelo. La escena demuestra que el poder es efímero cuando se basa en mentiras. Un final digno para una villana tan odiosa.

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