Ver a Valeria confrontar a su familia con tanta dignidad me rompió el corazón. En Siempre fui la abandonada, la escena donde revela que la obligaron a donar un riñón es brutal. La actuación de la protagonista transmite un dolor contenido que pesa más que cualquier grito. Es imposible no ponerse de su lado al ver cómo la juzgan sin conocer la verdad completa sobre su supervivencia.
Nadie esperaba que la abuela tuviera ese carácter de acero. Verla llorar sobre el cuerpo de su nieta y luego decidir llevársela del hospital fue el momento cumbre. En Siempre fui la abandonada, los lazos de sangre reales siempre triunfan sobre la crueldad. La química entre la abuela y la doctora del Instituto Luciérnaga añade una capa de esperanza muy necesaria en medio de tanto drama familiar tóxico.
La pregunta del chico de traje es la que todos nos hacemos. La explicación médica sobre la muerte aparente y el medicamento experimental del Instituto Luciérnaga le da un toque de ciencia ficción interesante a Siempre fui la abandonada. Me encanta cómo la serie mezcla el melodrama familiar con elementos de misterio médico. La tensión cuando la doctora llega justo a tiempo es insuperable.
La escena del hospital está filmada con una sensibilidad increíble. El primer plano de la abuela llorando mientras cubre a Valeria es desgarrador. En Siempre fui la abandonada, el dolor de perder a un ser querido se siente muy real. La intervención de la enfermera y el médico creando un círculo de protección alrededor de la paciente muestra que aún hay humanidad en ese lugar frío.
Me da mucha rabia ver la cara del chico con gafas diciendo que rompieron las medicinas. Su arrogancia en Siempre fui la abandonada es insoportable, creyendo que tienen derecho sobre la vida de Valeria. Es satisfactorio ver cómo la realidad les golpea cuando se enteran de que ella sobrevivió gracias a otros. La justicia poética de esta serie es exactamente lo que necesitaba ver hoy.