Ver a Valeria siendo expulsada bajo la lluvia mientras Inés finge estar enferma dentro del coche es desgarrador. La indiferencia de Víctor y su madre duele más que el agua fría. En Siempre fui la abandonada, la injusticia se siente tan real que dan ganas de entrar en la pantalla para protegerla. Esa escena final donde ella tose sangre rompe el corazón completamente.
La forma en que Inés sonríe mientras Valeria sufre es escalofriante. Sabe exactamente cómo usar su supuesta enfermedad para controlar a todos, especialmente a Víctor. Es fascinante ver cómo una persona puede ser tan calculadora frente a los ojos de su familia. La tensión en el coche es insoportable, y uno solo quiere que Valeria despierte y se dé cuenta de la verdad.
No puedo creer lo ciego que está Víctor ante la manipulación de Inés. Tratar a Valeria como si fuera menos que humana, solo porque Inés lo pide, es imperdonable. Su actitud de superioridad y frialdad hacia su hermana adoptiva muestra una falta de empatía terrible. Espero que en Siempre fui la abandonada alguien le abra los ojos antes de que sea demasiado tarde para todos.
Lo que más me impacta es cómo Valeria soporta todo en silencio. Sabe que está enferma, sabe que podría morir si dona el riñón, y aun así pregunta si la dejarían hacerlo. Esa resignación es devastadora. La escena donde se queda sola en la carretera, empapada y tosiendo, es una de las más tristes que he visto. Su dolor es palpable en cada toma.
La madre es quizás el personaje más frío de todos. Decir que Valeria es fuerte y que la lluvia no es nada, mientras protege a Inés como si fuera de cristal, es de una crueldad extrema. Parece haber olvidado por completo que Valeria también es su hija. La dinámica familiar en Siempre fui la abandonada es tóxica al máximo nivel, y eso la hace increíblemente adictiva de ver.