Ver a Inés sonreír mientras confiesa haber falsificado un diagnóstico de cáncer es escalofriante. La forma en que manipula a su propia familia y a Víctor para destruir a su rival muestra una maldad pura. En Siempre fui la abandonada, la tensión cuando el hermano escucha todo detrás de la puerta es insoportable. ¡Qué giro tan brutal!
La escena donde el protagonista se queda paralizado al oír la verdad sobre su madre y su hermana es de otro nivel. La actuación transmite perfectamente el impacto y la rabia contenida. Siempre fui la abandonada sabe cómo construir el suspenso antes de la explosión final. No puedo esperar a ver la confrontación.
Inés no tiene piedad. Decir que es más satisfactorio ver cómo los seres queridos te destruyen que hacerlo tú misma es de una psicopatía increíble. La iluminación de neón en el karaoke contrasta perfecto con la oscuridad de su alma. Siempre fui la abandonada tiene a la mejor antagonista del año.
Todo el plan de Inés se basa en la mentira y el soborno a una enfermera. Es aterrador pensar hasta dónde llega por poder. La reacción de la madre al escuchar que su hijo rompió las medicinas es desgarradora. Siempre fui la abandonada no tiene miedo de mostrar la crueldad humana en su máxima expresión.
La cámara siguiendo al hermano caminando por el pasillo mientras se escuchan las confesiones crea una atmósfera opresiva. Sabes que va a estallar en cualquier momento. La narrativa de Siempre fui la abandonada es magistral al mantenernos al borde del asiento sin mostrar la acción directa todavía.