Inés es una villana de manual, pero qué bien lo hace. Con solo dos palabras logra que la madre se sienta culpable y le compre todo. La escena donde finge el golpe es de Oscar, aunque sabemos que es mentira. Ver a Valeria siendo acusada injustamente duele, pero la trama de Siempre fui la abandonada engancha por lo dramática que es la situación familiar.
Es increíble cómo la familia Torres ciega a Valeria por una impostora. Inés no solo roba su lugar, sino que la acusa de agresión cuando ella misma se golpeó. La madre debería abrir los ojos, pero el amor por la hija 'enferma' la nubla. En Siempre fui la abandonada, la tensión es insoportable y dan ganas de gritarle a la pantalla.
Desde el principio Inés planeó hacer odiar a Valeria. Robar el reloj, fingir el ataque, mostrar mensajes falsos... todo está calculado para que la expulsen. Lo peor es que funciona. La actuación de la chica que hace de Inés da escalofríos de lo convincente que es su maldad en Siempre fui la abandonada.
La señora Torres es el personaje que más rabia da. Compra el riñón de su hija perdida como si fuera un objeto y luego cree ciegamente a la falsa. Su ceguera emocional es el motor del conflicto. Ver cómo trata a Valeria como una extraña peligrosa rompe el corazón en esta entrega de Siempre fui la abandonada.
El hermano no se queda atrás, defiende a Inés con uñas y dientes sin ver la evidencia. Su lealtad mal dirigida hace que Valeria esté completamente sola contra todos. La dinámica familiar tóxica está muy bien construida. Esperemos que Valeria encuentre una forma de demostrar la verdad pronto en Siempre fui la abandonada.