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Siempre fui la abandonada Episodio 21

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Siempre fui la abandonada

Valeria Osorio necesitaba dinero para la cirugía de su abuela adoptiva y donó un riñón a una millonaria, la hija adoptiva de su madre biológica. La mujer y su hijo la rechazaron para proteger a la hija que criaron. Tiempo después, Luna Ruiz le dio el amor que necesitaba, y Valeria se convirtió en científica exitosa. Cuando su familia biológica buscó su perdón, ¿ella los perdonaría o elegiría otra opción?
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Crítica de este episodio

La traición de la hermana

Ver a Valeria en esa silla de ruedas fingiendo ser una víctima mientras planeaba todo a espaldas de su familia es escalofriante. En Siempre fui la abandonada, la tensión cuando el hermano descubre el informe médico falso es insoportable. La actuación de la chica en pijama a rayas transmite una maldad tan fría que te hace odiarla al instante. ¡Qué giro tan brutal!

El momento de la verdad

Cuando él rompe el papel y grita que todo era mentira, sentí un escalofrío. La expresión de la madre al darse cuenta de que Valeria manipuló a la enfermera es puro dolor. Esta escena de Siempre fui la abandonada demuestra cómo una mentira puede destruir una familia. Los detalles en la mirada de los actores hacen que cada segundo cuente.

Manipulación maestra

Valeria no solo fingió estar enferma, sino que usó eso para culpar a otros y hacer que se sintieran responsables. Es increíble lo lejos que llega por venganza. En Siempre fui la abandonada, ver cómo la hermana en la cama se da cuenta de todo es desgarrador. La química entre los personajes y el ritmo acelerado hacen que no puedas dejar de ver.

Lágrimas y mentiras

La escena donde la madre pregunta por qué hizo esto y Valeria responde con frialdad es de las más fuertes que he visto. Siempre fui la abandonada sabe cómo jugar con las emociones del espectador. El vestuario de hospital y la iluminación tenue añaden realismo. Cada diálogo duele porque sabes que nada será igual después de esto.

El villano perfecto

Valeria es uno de esos personajes que odias amar. Su sonrisa mientras confiesa haber sobornado a una enfermera es perturbadora. En Siempre fui la abandonada, el contraste entre su apariencia frágil y su mente calculadora es fascinante. El hermano, al descubrir la verdad, representa nuestra propia indignación como audiencia. ¡Impresionante!

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