La escena en el hospital es desgarradora. Verlo entrar con esa chaqueta brillante contrastando con la frialdad del lugar duele. Su expresión al descubrir la cama vacía en Siempre fui la abandonada transmite una angustia real. No hay gritos, solo un silencio pesado y una mirada rota que lo dice todo. La actuación es tan sutil que duele.