La tensión en esta escena de Siempre fui la abandonada es insoportable. Ver cómo él, débil en la cama, intenta alcanzarla mientras ella se aleja con una sonrisa rota es devastador. La mujer de negro lo consuela, pero sus ojos delatan que sabe que lo ha perdido para siempre. El silencio grita más que cualquier diálogo. Una obra maestra del dolor contenido que te deja sin aliento.