La tensión en este episodio de Siempre fui la abandonada es insoportable. La elegancia de la madre choca frontalmente con la actitud despreocupada del trío que camina por el pasillo. Me encanta cómo la cámara captura las miradas de desprecio y los gestos de superioridad sin necesidad de diálogos excesivos. La escena donde se cruzan y la madre casi tropieza por la indiferencia de la chica de negro es puro drama visual. Se siente la jerarquía social y el conflicto familiar latente en cada paso que dan. Una obra maestra de la tensión silenciosa que te deja con ganas de más.