La tensión en la cueva es insoportable, ver a esa pareja sucia y desesperada comiendo empanadillas crudas me rompió el corazón. Pero el giro final es brutal: la chica del monitor bebiendo su té de burbujas mientras observa su sufrimiento como si fuera un programa de telerrealidad. La transición de la miseria al lujo es un golpe bajo que te deja helado. En Robas mi búnker, ¿y mi Tiranosaurio Rex? la ironía de controlar vidas ajenas desde una pantalla mientras disfrutas de comodidades modernas es el verdadero terror psicológico. Esa sonrisa final de la observadora es más aterradora que cualquier monstruo en la oscuridad.