Ver a Gael Rivas siendo pisoteado por su propio compañero mientras Lara Mena observa con frialdad es desgarrador. La tensión en la azotea se siente real y la caída final al vacío te deja sin aliento. En En el fin del mundo, yo infecto a los zombis, la lealtad es un lujo que pocos pueden permitirse. La animación de la horda devorando todo a su paso es brutal pero necesaria para entender la desesperación del momento.