Ver cómo el protagonista es humillado por su propio equipo duele en el alma, pero su transformación junto a esa entidad espectral es pura satisfacción. La escena donde el general mayor observa todo con esa sonrisa siniestra mientras bebe vino da escalofríos. En el fin del mundo, yo infecto a los zombis la lealtad es un lujo que pocos pueden permitirse. ¡Qué final tan abierto y lleno de tensión!