La escena inicial en el comedor es engañosa; la abundancia de comida contrasta brutalmente con la tensión militar que se respira. Ver a los soldados disfrutar de un banquete mientras afuera el mundo parece colapsar crea una atmósfera inquietante. La llegada a la Base Tormenta y la reunión con El Tirano cambian el tono drásticamente. La dinámica de poder en esa mesa, con esos rollos blancos como símbolo de autoridad, es fascinante. En el fin del mundo, yo infecto a los zombis, estos momentos de calma política son tan peligrosos como el combate real. La expresión del líder al final lo dice todo: se avecina una decisión irreversible.